Sábado, 7 de Diciembre del 2024

Negacionismo y desmentida

Nos proponemos ensayar unas palabras a raíz de la conmemoración del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

El discurso negacionista –palabra casualmente desconocida para el Microsoft Word- es aquel que se propone seleccionar uno o varios elementos o símbolos de los movimientos de Derechos Humanos para, a través de su cuestionamiento, rechazar o minimizar de manera general los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura militar. Podemos leer, en este sentido, al negacionismo como una modalidad de la “renegación” o “desmentida”, términos acuñados por Freud para describir el mecanismo psíquico por el cual el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una percepción traumática: más bien, no es en sí la percepción la que se rechaza –dado que esta permanece en la conciencia- sino las consecuencias lógicas que tendría su aceptación. Renegar es decir “SÍ, PERO NO”. La renegación no sólo se refiere a una afirmación a la que uno se opone, sino a un derecho o a un bien al que se rehúsa en consecuencia, es decir, a deslegitimar un reclamo.

Si bien la renegación es definida por Freud para explicar un mecanismo de defensa propio de las psicosis y las perversiones, en el uso social y político del mecanismo se entrevé no tanto un rechazo de lo acontecido como su reivindicación: la enunciación -es decir, la toma de posición- de los sectores de ultraderecha con respecto al secuestro, tortura, desaparición y asesinato de militantes políticos, trabajadores, sindicalistas, estudiantes, etc., es de justificación y aceptación. Basta con observar la simbología utilizada por sus agrupaciones y adeptos, así como distintas afirmaciones celebratorias de la crueldad, la denigración, la segregación y el no reconocimiento de la humanidad en el otro disidente. Celebración del ejercicio de la violencia desde el Estado, entidad que debería encargarse de la regulación de las legalidades y del pacto pacífico de convivencia en una sociedad.

Como contracara, nos encontramos con el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia de parte de los organismos de DDHH. A casi 50 años de lo acontecido, persiste la manifestación colectiva que busca una reparación. Reparación imposible y al mismo tiempo necesaria, pues lo que se busca es devolver a la víctima su dignidad humana a través del ejercicio ético de la memoria. “Un traumatismo puede dejar para el sujeto algo en suspenso, algo que puede perdurar hasta tanto no se haya vuelto a encontrar un acuerdo” (Lacan, 1960). Recuerdo en acto, que lucha por una inscripción simbólica de aquellos que fueron desaparecidos, para que recuperen su entidad y no sean una incógnita -cual anhelo de Videla-; inscripción simbólica para aquellos que fueron asesinados y que no tuvieron derecho a una sepultura (redoblamiento de la desaparición que buscó extender y prolongar al infinito el dolor de los familiares); lucha también por aquellos hijos y nietos que fueron ilegalmente apropiados, para que puedan recuperar su nombre propio, su filiación e historia familiar.

“Mientras no haya verdad y justicia, el pasado no es algo que pasó, sino algo actual, algo que hoy sigue ocurriendo. Algo que tiene la actualidad repetitiva de un trauma no saldado” (Laso, 2019). De ahí que la memoria no sea una simple reproducción discursiva de lo sucedido, cual descripción fría de datos e información,  sino un trabajo colectivo de duelo y transmisión, indispensables para cualquier tipo de pacto social. Un ejercicio de la memoria como acto político que reclama justicia y que insiste en el recordar para no repetir. Nunca Más.