Lunes, 4 de Marzo del 2024

Entrevistas preliminares y entrada en análisis

En el presente ensayo, nos proponemos esclarecer la siguiente afirmación: el comienzo de un psicoanálisis no coincide –necesariamente- con el establecimiento de las primeras entrevistas. No alcanza con que una persona consulte con un psicoanalista para que haya allí un análisis propiamente dicho, es decir, en tanto discurso analítico. De esta manera, podemos diferenciar, por una parte, un tiempo de entrevistas preliminares, y por otra parte el momento de la entrada en análisis.
Generalmente, alguien consulta cuando hay un quiebre en el saber, saber con el que se explicaba su vida, sus padecimientos o inhibiciones. Esta conmoción o desestabilización supone el pasaje del síntoma en tanto egosintónico, que no se distingue del carácter –del lado del “yo soy así”-, al síntoma como problema en un punto de no reconocimiento: “ya no sé quién soy”, “no sé qué me pasa” o “ya no sé qué es lo que quiero”. Pasaje que no ocurre sin cierto atravesamiento por la angustia. El tiempo que suponen las entrevistas preliminares, cuya duración no se puede calcular de antemano, tiene como función que aquel que consulta pueda ir pescando que algo de ese saber está en su decir. Algo de ese saber se produce en el análisis, es a producir.
Asimismo, no todo tratamiento que comienza debe llevar necesariamente a un psicoanálisis propiamente dicho, es decir, en tanto discurso que haga lugar a la apertura del inconsciente. Las entrevistas preliminares permiten al analista ubicar los elementos centrales para situar los criterios de analizabilidad que son la evaluación clínica y la localización subjetiva. La localización del sujeto es lo que produce la apertura del inconsciente: aparece claro para la persona que habla el lugar que tiene en el desorden del cual se queja, se realiza cuando alguien se encuentra concernido en lo que dice respecto del sufrimiento que lo causa.
Para que haya entrada en análisis, tiene que haber una lectura del desencadenamiento, una puesta en forma del síntoma. Se trata de una operación de lectura, de formalización: leer es reescribir la historia, de allí que la entrada en análisis supone el pasaje a un síntoma... interpretable. Un síntoma analítico es, en principio, un enigma, un mensaje a descifrar, síntoma que se constituye solo si al paciente lo interroga por algo que atañe a su posición en el deseo.
No va a ser el analista el que sabe, sino que hay un saber que se le atribuye a quien llega al análisis y además se espera que hable para que ese saber se manifieste. Del lado del analista, la ignorancia tiene una función operativa. Se trata no de la ignorancia pura, sino de una ignorancia docta, de alguien que voluntariamente ignora hasta cierto punto su saber para dar lugar a lo nuevo. Esta posición de docta ignorancia es fundamental para hacer entender que el analista no sabe de antemano lo que el paciente quiere decir, pero supone que quiere decir otra cosa… en el decir se puede leer algo más que lo meramente dicho. Y esto que se puede leer más allá del sentido común atañe a la posición del sujeto respecto del deseo inconsciente.
La cuestión es que la localización del sujeto requiere no solo que haya sujeto en las formaciones del inconsciente (lapsus, actos fallidos, sueños, síntomas), sino que haya quien se reconozca en esas formaciones: implica una decisión por parte del sujeto, la del consentimiento o el rechazo respecto del saber inconsciente. Al dar lugar al inconsciente, el que llegue sabrá que no solo hay mucho que no sepa de sí, sino que además sabrá que hay un saber que opera sin que él lo sepa; y que ese saber tiene consecuencias en el cuerpo, en sus pensamientos y en su relación con los otros. Se trata de dar lugar a que la persona que habla evidencie una sensibilidad respecto a la lengua que lo habita. Aquí se va en contra de la lógica del sentido común: ¿cómo puede alguien padecer de algo que no se sabe?
Curiosamente, este sujeto –el sujeto del inconsciente- no es una operación producida por la persona sino, más bien, a expensas de ella; y el sujeto, cuando demuestre estar coordinado al inconsciente, lo hará a partir de los traspiés que ha de dar el que habla en un análisis: a través de los equívocos, los lapsus, el malentendido.
De esta manera, las entrevistas preliminares tienen un valor instrumental, a fines de, por una parte, la localización subjetiva: localizar al sujeto que habla, que no es el yo, sino un sujeto extraño a la persona, en tanto es el efecto de un decir; y por otra parte la puesta en forma del síntoma, síntoma que interrogue al sujeto, un enigma.