Cine y Psicoanálisis: "El exorcista"
En el siguiente texto, nos propondremos realizar una lectura del clásico del cine de terror “El exorcista” (1974) en clave psicoanalítica. Intentaremos, para ello, corrernos del sentido religioso que propone la trama para hacer hincapié tanto en la naturaleza del padecimiento que se pone en juego, como la posición que adopta el ¿terapeuta? que dirige la cura.
Se trata del caso de Megan, una niña en edad de ingreso a la pubertad que vive con su madre –el padre, figura borrosa que apenas es mencionada durante la trama, estaría residiendo en Europa- y que comienza a manifestar una serie de síntomas en principio inconexos –fiebre, miedos y ataques histéricos- que van dando paso a ciertas alteraciones de la personalidad: lenguaje soez, agresividad, desinhibiciones salvajes, entre otras.
La película nos va llevando poco a poco en este pasaje que plantea en su punto máximo una verdadera división en Megan: de la niña inocente que hacía dibujos para la madre a este personaje hipersexualizado que pierde el control sobre su cuerpo. La posesión que denuncia la protagonista manifiesta el encuentro con lo éxtimo del cuerpo y de la afectividad, allí donde lo más íntimo se presenta como ajeno. Es su madre, Chris MacNeil, quien decide pedir ayuda de un tercero a partir de alcanzar un punto de no-reconocimiento de su hija.
Ante la impotencia y la desesperación, la madre de Megan recurre a un “Padre”: se trata del cura Demian Karras, quien a su vez ejerce la profesión de psiquiatra. Al momento de comenzar las entrevistas con Megan, Karras se encuentra atravesado subjetivamente por la culpa, en un estado melancolizado en relación a la reciente muerte de su propia madre. En diversos pasajes de la película, Demian manifiesta dudas sobre la fe en su práctica como efecto de la reciente pérdida, una suerte de caída de lo que podríamos llamar el “deseo del analista”.
Luego de una serie de entrevistas preliminares en las que procede a realizar una evaluación diagnóstica de la paciente, Karras decide intervenir junto al padre Merrin (cuya participación será elidida en el presente ensayo por motivos prácticos) en el tratamiento de Megan a través de la realización de un “exorcismo”, práctica que consiste en un ritual protocolizado por el cual se busca el levantamiento de los síntomas vía sugestión: es la palabra de autoridad de un padre (el padre Karras, el padre Merrin, la palabra del Padre Todopoderoso, etc.) que, sermón mediante, ordena la expulsión del “ente maligno” que ha poseído el cuerpo de la niña.
El “furor curandis” del terapeuta se ve confrontado con la impotencia de una palabra que choca una y otra vez contra las resistencias imperturbadas de la paciente. En un determinado momento de la sesión, algo de lo que se pone en juego transferencialmente toca uno de los puntos ciegos del “analista”: la culpa en relación a la pérdida de la madre. Karras reacciona sin poder dominar la contratransferencia de la que se vuelve objeto, y en una caída de su posición pasa al acto atacando a la paciente primero, para luego arrojarse por la ventana en un acto suicida.
La maniobra conlleva un efecto –sospechosamente- rápido de curación. Megan se recobra de manera súbita de la posesión, para luego manifestar un “olvido total” de lo ocurrido. Desde una lectura psicoanalítica -dejando por fuera la explicación religiosa y paranormal- este detalle nos lleva a dudar de la efectividad del restablecimiento de la paciente, a falta de mayores desarrollos de la evolución de la misma por la finalización de la película, en tanto se observa la ausencia de un trabajo de lectura subjetiva en relación a su padecimiento. La enfermedad -y su solución- quedan por fuera de toda ligadura. Quizás lo forcluido en lo simbólico retorne en lo real… en el segundo episodio de la secuela cinematográfica